
Se esconden tras el aspecto de gente normal. Normalísima. Pero cuando las puertas del bus o el tren ya están cerradas, y ven que intentas dormir, empieza su juego. Con aparente parsimonia, llevan su mano al bolsillo (o al bolso), lo extraen, y date por jodido, porque te van a hacer partícipe pasivo de algo que ni te va ni te viene: su vida. Su vida asquerosamente anodina, típica, usual, aburrida. Es decir, nadie que hable por el móvil en el bus o en el metro va a contar algo interesante o que te pueda importar. Y si es algo interesante, coincide que además provoca vergüenza ajena. Hace algunos años me comí un viaje en alvia con un pollo que cada dos por tres contaba bien alto por el móvil que había cogido a su hija de dos años y se había fugado con ella para que su mujer no se la quedase. Le llamó toda su familia para intentar que entrase en razón, y todas las llamadas de toda su familia nos las comimos los del vagón.
Hoy he vuelto a Madrid, y me ha tocado comerme cruda la vida privada de mi compañera de asiento. Resulta que su novio tenía que encargarse de una mudanza, y la parienta del susodicho está indignadísima porque no ha pegado ni rosca durante el finde. Y yo, que sólo quería dormir, me he tenido que comer, sin exagerar, dos broncas al pobre del novio, tres desahogos con sus mejores amigas (cada una de ellas era la mejor), una petición de consejo a la más prudente de sus amigas, y dos conversaciones aledañas a la par que igual de insustanciales. Estoy harto, y me gustaría que los proderechos de los saharauis, de los palestinos, de los toros y de greenpeace hiciesen algo por la gente que está más cercana e igual de torturada... Algunos medios de transporte son auténticos guantánamos.